Iba a escribir sobre la idea del judío como el tercero, una identidad que rompe binarismos, imposible de catalogar, pero me parece algo forzado, teniendo en cuenta las noticias actuales, y al margen de la preocupación de cómo celebrar Jánuca en Barcelona sin poner en jaque la vida de mis hijos.
Mi dentista es judía, y tras el chequeo anual de mis molares y frontales hace unos meses, me confesó que tenía miedo de ir a la sinagoga para Rosh Hashanah y Yom Kippur, “por si llegara a ocurrir algo”.
Ocurrió, solo que no en Barcelona, sino en Manchester.
Y es esa sensación de ruleta rusa…cada vez que se avecina una festividad uno se pregunta ¿a dónde caerá?
Hay un elemento de azar, o que al menos así se vive, en los ataques, y que se hace más patente por la dispersión intrínseca de la diáspora; una condición existencial que ha sido históricamente una estrategia para diversificar el riesgo, pero que también multiplica los frentes de ataques.
Y proporciona una intimidad con la tragedia global. Una tía segunda, mexicana, compartió en un chat de Whatsapp una nota de voz de su cuñada, australiana, que se encontraba con su familia en una playa aledaña a Bondi, en el momento del atentando: se percibe la voz quebrada, en shock.
Y creo que, irónicamente, que estos ataques refuerzan la convicción —que comparto, hasta cierto punto— de la necesidad de una infraestructura de seguridad que proteja a los judíos y que no dependa en los estados que los albergan; pues los judíos —por las razones que expondré en aquel ensayo sobre el tercero— son un punto ciego para el estado nación; condición que se complica, no se soluciona del todo, con la existencia de Israel.
Más irónico aun es el hecho que en ciudades donde casi ya no hay judíos, como Viena, sea más seguro asistir a actos públicos que en Sydney. Recuerdo cuando fui al festival judío de la ciudad, en el patio interno del Rathaus, el edificio más representativo del gobierno; tuve que pasar varias chequeos de seguridad por parte de la policía austríaca para adentrarme a un escenario resguardado en el edificio, en cuyas paredes rebotaban los estruendos del klezmer. He asistido a otros eventos en el Judenplatz, al aire libre, pero con todas las entradas cerradas por la policía. Hemos aprendido la lección, nosotros sí cuidamos a nuestros judíos; hasta los ponemos en el Rathaus.
Lo cual no elimina el riesgo de que el ataque suceda cuando no hay eventos. Hace algunos años, al inicio de la pandemia, desde su ventana en un edificio histórico de la central de la comunidad —durante la guerra, la central de la Gestapo: ahí estaban toda la información de los judíos de la ciudad— el rabino que ofició nuestra boda en Tepoztlán escuchó tiroteos desde la calle. Aunque el terrorista no mató a ningún judío, es demasiada coincidencia el que haya empezado la matanza justo frente a la única sinagoga que sobrevivió el Kristallnacht.
Pero, volviendo a Bondi, hay algo que me perturba: se le ha puesto mucha atención, y con razón, a la identidad musulmana del héroe que luchó contra uno de los terroristas; pero no suficiente a la relación entre éstos. Eran un padre y un hijo quienes, tras hacer unas vacaciones familiares en las Filipinas, para entrevistarse con reclutadores de ISIS pasaron un agradable domingo en la playa cazando judíos. Lo cual recuerda al joven entusiasta de la matanza del siete de octubre que se conectó via telefónica con sus padres en Gaza para presumirle, orgullosamente, de cuántos judíos había asesinado.
En fin. Este sábado hay un evento de prendida de velas de Jánuca. En el Parque Turó. Organizado por el mismo Chabbad que en Sidney. No vamos a ir, ni que fuera Viena.

Hola Alan,
brillante artículo y coincido en varias de las reflexiones que expones.
Solo apuntaría lo siguiente:
la idea de “infraestructura de seguridad judía no estatal”
no es razonable como concepto político.
sí es comprensible como reacción existencial al miedo y a la historia;
y tu texto es potente si se lee como diagnóstico, no como propuesta.