Sobre las carnes al sol
La humildad de la humedad
El verano ha llegado a Barcelona y eso quiere decir que uno no ha salido de su casa y ya tiene manchas de sudor en la camisa y cada paseo se vuelve en una batalla cotidiana contra las rozaduras y uno termina por preguntarse en qué estaba pensando cuando decidió mudarse a vivir cerca del mar.
Pues el mar tiene la mala costumbre de estar compuesto de agua y el agua tiene la mala costumbre de tornarse en vapor, y cuando sube la temperatura sube también el agua al aire, y, por algún extraño proceso, aquella humedad exterior convoca a la interior y solo logra su cometido cuando retorna el imperio de las ingles y las axilas.
La solución a esta afrenta es sumergirse en aún más agua, ya sea en la que está contenida por nuestros grifos o en la inmensidad del océano. Pero cuando uno llega a ésta última descubre que no es el único con la brillante idea, pues ya está retacada de otros sudorosos sapiens.
Que van ahí.
Para sudar más.
Y debe de ser uno de los rituales más extraños de nuestra especie aquello de exponer las carnes a la radiación solar, inclusive ahora que tanto se conocen sus efectos nocivos. Si en algún momento tuviera que hacerle de intérprete a un alienígena espero que no me toque explicarle qué es precisamente lo que hacen los humanos en la playa. ¿Por dónde empezar? ¿“Mis paisanos bípedos atraviesan continentes enteros para desnudarse, cubrirse de ungüentos y lentes protectores y al final acostarse con una bebida deshidratante alcoholizante durante horas, con la aspiración de volverse iguanas.”?
No quiero que se me malinterprete.
Me gusta el sol. El calor.
Al final de cuentas, crecí en los trópicos.
Pero tengo sangre ashkenazi, es decir, de Europa del Este, y para asomarme al mundo necesito al menos una armadura SPF 50, pues, de lo contrario, corro el riesgo no solo de descarapelarme, sino de desarrollar, en un futuro no tan lejano, cancer.
Cosa que no parece preocupar demasiado a los visitantes polacos y rusos que, tras sobrevivir todo el año bajo opresores cielos grises de sus tierras, apenas se han bajado del avión y parece ya que se han bajado de un asador rotatorio. Me gustaría decirles a aquellas langostas humanas que no son baterías, que la vitamina D no se carga así, de golpe, que se tiene que dosificar, y de nada sirve quemarse si uno regresa a vivir en un entorno de radiación ultravioleta —que no atómica— negativa.
Los veo desde la sombra, de nuestro campamento, sobre la arena. En eso sí que somos ya unos cracks. Gracias a las capacidades organizativas de mi esposa Yvonne, en dos bicis llevamos: una tienda pequeña que funciona como bodega; otra, regalo de Israel, de material elástico que se sostiene mediante el peso del suelo y cuatro palos y se guarda en una bolsita; una manta de plástico azul, de dos metros por dos; cambios de ropa para nadar; un pottie; cambio de ropa para cagar; una bolsa con comida, agua, bloqueador y juguetes.
El camino es de minutos y al llegar desanclamos el remolque y con él atravesamos el arénal y desplegamos todo en tiempo récord y pasamos así horas, en el lugar más child-friendly del universo, pues aunque los niños se caen y los niños se pegan, y los niños brincan y se tiran y se pelean todo lo acolchona la enorme extensión de la arena y no hay de qué preocuparse.
Pero, ¿el regreso?
Bueno eso es más… complicado.
Pues siempre hay un niño sufre de insolación, hambre o sueño all of the above, o algún elemento de la retaguardia que simplemente se rehúsa a cooperar.
Como aquellas endemoniadas casas de campaña que se arman en segundos pero requieren de un doctorado para plegarse.
La penúltima vez que fuimos al mar, una de ellas, se negó a someterse a su receptáculo circular. Tras múltiples intentos, Yvonne, que es la que resuelve este tipo de acertijos, me pasó la batuta. Pensando que quizás el problema era de soporte, intenté probar mi suerte en el malecón.
Y mientras Talya hacía un berrinche por no quererse poner la ropa tras haberse bañado con agua helada, un peatón se apiadó de mí y me aseguró condescendientemente que él tenía una igual.
Pero tras varios intentos no lo logró. Me la devolvió y yo le sonreí con los brazos cruzados y la satisfacción de contemplar el fracaso ajeno.
En fin que le regresé la tienda a Yvonne y me entretuve en acciones en las que me consideraba más capaz, como regresar los bultos de la bici, o cambiarle una caca aguada a Liel, cuyo calzón se fue directo a la basura.
Y desde aquella esquina del ring vi cómo una señora en las duchas se ofrecía a ayudarle.
Entre tanta caca les perdí la pista a las dos, pero al cabo de unos minutos, mientras me peleaba con Liel escuché que me decía “Mejor comprarse una inflable”, solo para perderse, resignada, entre los otros paseantes.
Y lo más insólito es que nuevamente ví cómo otra señora reconocía la carpa y con la humildad propia del sapiens intentaba “ayudar” solo para retorcerse nuevamente con los alambres y el plástico; hasta que otra señora más, que ni español ni inglés ni alemán hablaba, se lo quitó de las manos y, sin lograr hacer nada, les pidió ayuda, a las dos, hasta que entre todas lograron meter, a la fuerza, la tienda en su bolsa.
Al final Yvonne me confesó que se habrá sentido como en un episodio de cámara escondida.
Este tipo de inventos se supone que facilitan la vida, pero resultan ser tan ingeniosos que atentan contra nuestra vanidad. No es necesario exponernos a la magia de la inteligencia artificial para ponernos en nuestro lugar.
Basta con una carpa rebelde.
