El domingo pasado fuimos a una fiesta de Purim en Valldoreix, una ciudad en las montañas detrás de Barcelona que, según me han dicho, es donde habita la burguesía catalana. El simpático taxista que nos llevó pensó que íbamos a una inocente fiesta de disfraces infantil —Talya y Liel estaban vestidos de La Prensa— y casi le da un soponcio cuando, tras seguir las instrucciones de Google Maps a través de las pintorescas calles del pueblo, aparecieron, justo frente al destino, dos imponentes camionetas blindadas de la fuerza policial catalana, Los Mossos d’Esquadra.
—Es que es un evento judío— le dije, a modo de explicación, con la certeza de que ya nos bajábamos. El taxista balbuceó algo sobre cómo los buenos eran ahora los malos y nos ayudó a sacar las cosas de la cajuela.
Claro que, al ver a un vehículo anónimo, parado justo enfrente del centro campestre, con la cajuela abierta, se les dispararon las alarmas a los jóvenes de seguridad comunitaria que resguardaban el acceso. Uno de ellos nos bloqueó el paso y nos preguntó nuestros nombres y si conocíamos a alguien, adentro. Le dije que estaba involucrado con la plataforma cultural Mozaika, pero al parecer no la conocía, lo cual tampoco me sorprendió. Al final, tras enseñarle el boleto y probarle que no éramos terroristas —inclusive lo invité a inspeccionar la carriola—, nos dejó pasar.
Adentro había dos inflables y niños vestidos de gallinas, de furbies, de acuarios, de princesas… y de fotógrafos de la prensa, y tras un rato nos olvidamos de los policías que aseguraban el perímetro con metralletas.
Se festejaba Purim, una historia de persecución de los judíos en Persia, y de venganza violenta de éstos contra sus persecutores, también, justamente cuando acababan de matar a Khamenenei. Una historia que también se puede leer como una metáfora de la vulnerabilidad de la diáspora, que siempre tiene que negociar con el poder en turno para asegurar su sobrevivencia. Casi todos los presentes eran israelíes, lo cual tiene sentido, ya que es una de las pocas festividades que también celebran los judíos seculares, al ser algo así como el carnaval, y reinaba un ambiente festivo.
Pero todos, absolutamente todos, estaban pegados a su teléfono. Pues tenían, como nosotros, a familiares que habían pasado el día y la noche subiendo y bajando al búnker. Cuando se habla de la adicción al teléfono nunca se habla de una guerra; y como mencioné en otro artículo, es parte de la condición judía el tener una corporalidad diseminada por todo el mundo, de modo que uno padece con su familia un incendio en Los Ángeles, un atentado en Australia o Austria, una guerra contra el narco, en México, y una contra Irán, en Israel. De ahí viene, creo yo, parte de la neurosis judía: de recibir información por medio de chats familiares de WhatsApp, sobre lo que sucede en otra región del mundo.
Pero hay que ser honestos. Yo escribo esto en la tranquilidad de mi hogar mientras mi nuera, mi yerno, mi sobrino de siete años y mi sobrina de dos tienen que correr múltiples veces al día al búnker de la casa para resguardarse de los misiles iraníes. Hay quienes responden a la coyuntura haciendo videos que “explican” la situación y lo único que hacen es defender las virtudes de su causa y poner su granito de arena al ruido propagandístico. Yo carezco de ese instinto. Lo cual no quiere decir que no crea que esta guerra no esté justificada, o que encuentre las posturas en contra de ella, en el mejor de los casos, ingenuas. Pues inclusive célebres pacifistas como Albert Einstein tenían, como buenos científicos, la humildad de reconocer cuando sus preceptos políticos eran falseados por nueva evidencia y, en mi caso, a partir de las múltiples pláticas y entrevistas que he realizado, desde mi mudanza a España, se ha exacerbado mi convicción de que persisten ecos del anti-sionismo soviético en esta y muchas izquierdas, que condicionan la mirada de los que, supuestamente, abogan por los derechos universales.
Antes no pensaba así, pero ahora sí.
En fin, que uno se duerme con noticias de guerra y se despierta con noticias de guerra, y mientras tanto la familia en Israel pasando su tiempo en el búnker y todos afuera de la región viendo el mundo arder.
Y uno lee, también, para entender, pero al final acaba por enredarse también en la maraña ideológica: de los que dicen que la acción de Estados Unidos está poniendo en crisis al sistema de derecho de la ONU y la legitimidad del derecho internacional, lo cual es cierto, pero no mencionan que, mediante su red de terrorismo paraestatal, Irán lleva haciendo eso mismo durante décadas; de quienes sostienen que Trump no tiene la autoridad para hacer este tipo de decisiones bélicas, lo cual también es cierto, pero como siempre sucede, se ha adelantado y las repercusiones ya se encuentran con nosotros y ahora el tema es que no se salga de control; de quienes dicen que el ataque estuvo bien, pero que no se debería de haber matado a Khamenei, pues no convenía ganarse la furia de millones de chiitas; de quienes argumentan, y no es descabellado, que todo tiene que ver con China y, en menor grado, con Rusia, pues Irán depende del primero, no solo militar, sino comercial y existencialmente, además de proporcionarle armas al segundo, y ser una pieza estratégica en la nueva Guerra Fría multipolar; y los que sostienen, a veces con pruebas sumamente sesgadas, que el armamento nuclear de Irán continuaba, a pesar de, o precisamente por, los acuerdos ingenua o maliciosamente firmados para contenerlos, ¿qué se podría esperar, sostienen, de un régimen teocrático en perpetua revolución?.
Y luego están los increíbles videos de las manifestaciones en la diáspora, en las cuales judíos e iraníes, y también judíos iraníes, celebran, juntos, lo que consideran, quizás demasiado prematuramente, que es el fin de un régimen, o el advenimiento de algo mejor.
En fin, que si enlisto la diversidad de opiniones —excluyo conscientemente las de tintes conspiratorios, de derecha o de izquierda— es porque no logro yo mismo hacerme una idea de lo que está pasando, y me imagino que mucha gente se siente así, pero no logra expresarlo, ya que es silenciada por el caracter panfletario del ecosistema mediático actual. Yo estoy convencido de que, debido a este ecosistema, nunca voy a hacerme famoso, ni en ésta, ni en otra, plataforma, pues carezco de una cualidad que al parecer es altamente valorada por los algoritmos y la masa cibernética: la contundencia. Lo que escribo son exploraciones personales y soy reacio a comprometerme a una postura de la que mañana me arrepentiré.
Es posible que se interpreten mis escritos como una postura tibia, o inclusive peligrosa, debido a su ambivalencia y su falta de compromiso, pero de lo mismo se le acusaba al fundador de este género literario. Montaigne escribió en uno de los periodos más violentos de fanatismo religioso de Francia; fue precisamente en ese clima de certezas absolutas sobre la realidad y la religión, que llevaban vecinos a matarse unos a otros, que Montaigne se negó a soltar la duda, a pesar de encontrarse sometido a presiones externas que querían encasillarlo dentro de algún bando; algo que, dicho sea de paso, considero muy valiente. Reconozco que el ensayo es una postura cómoda para un judío de la diáspora que no tiene que tomar decisiones bélicas ni andar escondiéndose por su vida, al menos no por ahora, pero estoy convencido de que la tolerancia a la incertidumbre y la ambivalencia es, como muestra la historia de Purim, un mecanismo, de sobrevivencia.
El que sea hoy en día un bien tan escaso quizás refuerza su valor.

Son las grandes certezas las que han causado grandes males. Cuestionarse todo y dudar es sano. No hay porque elegir entre dos opciones malas. Me gustó tu post
Me gusta tu escrito Alan y suscribiría casi todo lo que expones pero como tu yo también tengo mis dudas sobre casi todo ). Saludos