Hematoma” de Yael Weiss

(Texto leído en el marco de la Feria Internacional del Libro Judío)

“Hematoma” de Yael Weiss es un libro ácido, chistoso y oscuro en el que la cotidianidad se encuentra atravesada por pequeñas y grandes crisis que desembocan en el cuerpo.

El cuento que le da nombre al libro es una aproximación perversa a los moretones en una mujer, situándolos entre los vaivenes de un sistema injusto y la creación de una obra de arte.

En otro cuento, los encuentros familiares se viven como violencia psicológica en relación con el peso y la obesidad. También hay uno en donde la computadora se vuelve, de manera demasiado realistica, una sentencia de muerte.

El hacer de la violencia a la mujer un producto literario, en el contexto mexicano, sin que suene como tratado político o de activismo (sin demeritar estos géneros) es muy difícil. Pero Yael lo logra, manteniendo la ambigüedad y revelando, por medio de los personajes, el sadismo social que atraviesa el día a día.

En “Tiempo Compartido” — quizás una especie de tributo a “Casa Tomada”, de Julio Cortazar — los rituales de una familia le dan lugar a una presencia inexplicable en el hogar.

“Escombro”, que sucede en el contexto del temblor, me resultó especialmente vívido. De hecho, me mantuvo sin dormir varias horas. Después del temblor fui contratado para trabajar en una agencia de ayuda humanitaria, por vaivenes de la vida. No voy a decir mucho, pero en el cuento, por un error — o quizás por una una intención inconsciente, no se sabe — una persona termina siendo rescatista y se suma a una serie de desastres que le siguen al desastre principal.

Aunque no se tocan temas explícitamente judíos, existen cuentos como “La Deriva” en donde se toca el tema de la persecución de escritores por regímenes totalitarios. Y aunque la persecución de escritores no es únicamente un tema que concierne a los judíos, hay innumerables casos tanto en la Unión Soviética, como en Europa del Este, Alemania, Argentina y Medio Oriente en donde se persiguió con especial fervor a los judíos. No es el caso de México, por supuesto.

Tratando también de establecer algunas lineas con el contexto judío quiero rescatar que, hace pocas semanas, Margo Glanz mencionó que Yael era parte de una nueva corriente de literatura femenina. Lo curioso, en el marco de esta feria del libro, es que tanto Glanz como Miriam Moscona y muchas más escritoras que han recibido reconocimiento nacional e internacionales por su contribución a las letras mexicanas vienen de contextos judíos, aunque no todos sus textos toquen explícitamente este tema.

Esto me hace pensar en el papel de “mediador” que el judío tuvo en la alta cultura y las artes. Para el historiador Yuri Sleznike, la presencia tan de los escritores judíos en canon nacional— sobre todo en Europa del Este, el siglo pasado — se explicaba por el contexto de incertidumbre y ambivalencia identitaria en la que vivían, mismo que servía como motor para la creación literaria.

No sé si sea el caso de los escritores judíos en America Latina en este siglo. Pero quizás lo que sucede es que el contexto que era propiamente judío, y del siglo pasado, se ha generalizado. Hoy — y sobre todo en México, si una es mujer — la incertidumbre y la violencia se han vuelto partes intrínsecas de la cotidianidad.

El libro reconoce esta continuidad. En el último cuento se recuerdan los desastres bélicos más horripilantes del último siglo; traumas importados por aquellos que llegaron escapando de la catástrofe europea. Y por eso, aunque no se trate necesariamente de temáticas judías, el hecho de que los cuentos mantengan esa ambivalencia y esa capacidad de open-endendess frente a la contundencia del desastre, me parece, si se le quiere estirar la liga, una cualidad muy judía.

Living Dada in the age of Trump

I met Dada by chance — which is, come to think of it, very Dada.

It was during a trip to New Orleans: I was strolling through the Modern Art Museum’s gift shop when I ran into a small pocket-book called The Post-Human Dada Guide. A strange piece of work organized as a dictionary but structured as a roadmap for living what is called a “Dada life.” An impractical guide, the back-cover stated, for “it is not advisable, nor was it ever, to lead a Dada life.”

Andrei Codresçu — the author — lived in the New Orleans; I thought of this as I carried his book in my back-pocket through dive bars, burlesque venues, and blues nightclubs. Hurricane Katrina had ravaged the city only two years before my visit, yet the catastrophe did not quell the carnivalesque atmosphere. On the contrary, it served as a balm.

Zurich — the birthplace of Dada — was a magnet of dissidents escaping the ravage of the First World War. Neutrality had turned the city into a hub of intellectual fervor; each week luminaries arrived from every corner of Europe and mingled in the streets and cafés protected by the Alps. One of the most famous of these characters was Lenin, who lived right across the street of mythic Cabaret Voltaire, where Dada was born.

But unlike this quiet neighbor (who, incidentally, was planning a world revolution), Dada was full of noise. Those nights of mayhem and chaos at the Cabaret Voltaire are the closest Zurich had to the debauchery of the Beats in San Francisco or of the Punks, in Berlin. The Dadaist would get on stage dressed in ridiculous clothes and monstrous masks shouting meaningless noises (brrrrrrrddd!! Daddadada!!!) to a crowd that would then explode in uproarious laughter, or walk away in disgust.

Beyond the mountains, the first industrialized war in history was tearing Europe apart. It was the self-proclaimed duty of the folks at Cabaret Voltaire to embody the nonsense. To punch with meaninglessness. To shock.

Hugo Ball was the founder of Cabaret Voltaire, but it was Tristan Tzara who outlived him as a self-proclaimed Dadaist and who later became the poster boy for the movement. It was through Codrescu — who is Rumanian and Jewish — that I learned that Tzara, along with Marcel Janco, formed part of the Jewish Rumanian’s posse of Cabaret Voltaire.

Coming from Bucharest — referred to as the “Paris of Eastern Europe” at the time — these Jews brought to the über-calm streets of Zurich a penchant for the absurd that had long been a tradition in Jewish life. What was later called Dadaism — the artistic avant-garde that is still gaining followers — actually grew out of from the social critique of Yiddish Theater and the Talmudic belief in God as manifesting itself multiple combinations.

Driven by a mystic and nihilist calling, the Dadaists turned chance into their god. Cut-ups from newspapers turned into collages, which symbolized man’s surrender to chaos and destruction, a critique of the war machinery, and a reaction to lives turned into statistics.

After Cabaret Voltaire broke off, it unleashed unprecedented creative energy. Many movements — like the surrealists — would claim Dada’s mantras in the years to come, emerging from its bosom like overtly theoretical sons.

But the truth is that there was no ruling dogma behind Dada, not even something as unpredictable as the unconscious. To be Dada is to be against Dada. It is to surrender to the mayhem. And also not.

What does this mean, now? The movements’ concern for lack of meaning in a violent, mass-mediated world seems naive when compared with our post-truth world. Every day we consume videos of polar bears floating on patches of ice, images of the Great Coral Reef utterly destroyed, or videos of the catastrophe of Aleppo as seen from a drone.

The world is going to hell, but we can’t stop browsing it. We’ve gone beyond a concern for a TV-centered society to a thing called “the Internet” which feels like a labyrinthine metaphor for a mind that cannot make sense of the whole.

Our newsfeed has become the most complicated dada poem, ever. But there’s a problem: in Dada, the collage was not meant to be a source of information or a mirror of factual reality but a social critique. Not only has the collage been normalized, but it’s the gas of public opinion.

The most Dadaist stance in an age of collage would be to provide narratives that make sense of the fractured world around us. Not to fracture it more.

On, the other hand, dadadada.

El 2016 en Venecia. El fantasma del gueto.

Este año el gueto de Venecia cumplió medio siglo. La ocasión se celebró con una exhibición en el Palazzo Ducale, en la famosísima Plaza de San Marcos.

La visité, este verano. La cola le daba la vuelta al edificio, pero no la tuve que hacer. Al comunicar mi destino, pude pasar directamente a la entrada.

La fila era para el tour general.

La Pirámide del Adivino. 

El sol me azotaba la cara. Al ver abajo sentí vértigo: desde la cima la escalinata parecía una rampa. A lo lejos la estepa yucateca, cubierta de jungla. Mis padres estaban petrificados. Su hijo de diez años había trepado como gato. Veían desde abajo como tentaba su suerte con cada escalón. Yo era un Indiana…

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El sindicato de Homun

Paramos en Izamal, pueblo de paredes color yema de huevo donde hay una iglesia con un amplísimo atrio: según las placas turísticas, el segundo más grande del mundo, después de San Pedro. El mismísimo Juan Palo II la visitó en los noventas. Todos, todos, lo recuerdan. Después de media hora, por fin legamos a…

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